
Confieso que uno de los placeres infantiles culpables de mi vida es jugar a las escondidas. Es un juego
entretenido, recuerdo que lo jugaba con mis amigos y primos cada vez que iba a sus casas, y claro, yo terminaba picado porque los otros niños jugaban con "libra compañeros". Y muchas veces jugábamos a escondidas y con asustarnos.
A todos nos gusta escondernos, y a algunos nos encanta que nos sorprendan. Ahora que ya tengo pelos en lugares que no tenía años atrás, que mi voz se ha agravado y mi anatomía se ha formado -deformado, si somos sinceros-, confieso que aún me gusta esconderme... pero es como un placer masoquista.
El sábado retorné a la capital. A medida que el bus se acercaba a la ciudad de las luces, the flesh-light city, me invadió el temor de estar siendo engullido por un oscuro y enorme monstruo. No sé por qué imaginé eso, pero sentía que a medida que se movían los números del kilometraje me acercaba aún más a las entrañas de aquel familiar y seductor ser, como si éste esperara mi llegada después de una dolorosa despedida.
La ciudad me esconde. Nadie me conoce. ¿Quién es el individuo que ha pasado a mi lado? ¿Esa señora cocinará estofado o renunciará a su trabajo? ¿A qué bar irá ese hombre? ¿Y por qué aquel niño mira desconcertado una rayuela? ¿Por qué todos ocupan la misma salida del metro? ¿Quién dijo que los autos vayan en ese sentido? ¿Y las rotondas son círculos u óvalos? ¿Dónde están las personas? Las personas se esconden tras el concreto, las personas se sienten seguras tras las vigas y hacen de las señales de tránsito sus totems en los que consagran la vida. Bautizamos las veredas sin darnos cuenta de la historia del monstruo y sus constructores, de los que han contribuido a darle vida y que caminan a nuestro lado, quizás encarnados en una pequeña niña que cruza la calle en el momento que un camión se acerca a ella.
El monstruo lo hemos creado nosotros, pero nadie sabe cómo es un monstruo. ¿Quién más que el mismo monstruo tacaño se ha preguntado por sí mismo? ¿Quién más que nosotros le da vida al alquitrán celoso? El monstruo no es malo, el monstruo es nuestra madre y es nuestro padre, es nuestro Dios y nuestro demonio, tiene un poco de bestia y un poco de sacerdote, un poco de nosotros y a la vez no es nadie.
Hemos dado lugar en este mundo a una criatura que ya no depende de nosotros, que celosamente nos da de comer -a algunos más que otros- y autos con los que ser atropellados (¡salvad a la niña, recuerden su nombre!).
Somos hijos del concreto. Cuando volví en mi, ya estaba en el metro camino a una fiesta maraca en Manquehue, llevando oxígeno a través de las venas del monstruo.