Les traigo el texto que resultó luego de una noche de pensamientos y reducción de ideas, y que a la vez es la continuación de otro texto que está más abajo. Fue asqueroso, me tuve que limitar a 5.500 caracteres para hablar sobre mi filosofía de la muerte y la trascendencia de la vida (¡eso es imposible!). Si hay ideas muy vagamente explicadas, ya saben la razón. Espero que lean y mueran en el intento.
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El
miedo a la muerte permite preguntarnos por nuestro devenir, por lo incierto e
insuperable de aquel estado de la existencia. Este devenir desconocido abre la
pregunta por los intentos de librarnos de aquel yugo mortal: ¿cómo finalmente
podremos salir de nuestra naturaleza y traspasar el momento último de vida? ¿Cómo
es que podemos ir más allá de lo dictado por la condición humana?
El
solo hecho de la muerte produce un calar
en el alma, un vacío ante la no-existencia de la que somos parte en nuestra
condición humana, sentimiento funesto que se hace patente en lo que Heidegger
denomina la angustia. Dicha angustia
viene dada por la sola constitución del Dasein, de existir en este mundo como
presencia arrojada al mundo, al estar-en-el-mundo. En este sentido, Heidegger
afirma que el ser “está-vuelto-hacia-la-muerte”, es decir, que “lo más propio, irrespectivo e insuperable
del hombre es que va a morir”, pero no como un hecho inminente de un no-todavía que me va a suceder en el
futuro, sino como algo a lo que estoy “dirigido” definitivamente, quiera o no
aceptarlo, reflejado en la manera propia e impropia del Dasein en la cotidianeidad.
El hombre reconoce a su misma naturaleza como un tender-hacia-el-fin de su propia
existencia, una suerte de conciencia de su muerte.
Ahora
bien, ¿no es esta conciencia de la muerte algo que produce un sentimiento de
pesar sobre la existencia del hombre? ¿Cómo no sentir angustia frente a la posibilidad
más fehaciente de no-ser-más? Es esta angustia planteada por Heidegger, lo que
lleva a la persona a querer superar su finitud y trascender lo propio de la
existencia humana. Pareciera que yace aquí el germen de todo actuar humano en
pos de superar la barrera natural que le fue fijada en su principio de
existencia. Junto, la constitución de la representación individual de la muerte
acontece en el contacto con otros, y más aún “en el contacto que el ser tiene
con la muerte del que no es él, sino como otro diferente a mí”, como diría
Emmanuel Lévinas. En el contacto entre personas puede develarse un carácter cultural
que condiciona mi representación de la muerte, y por tanto, la configuración de
los medios de permanecer en este mundo como consecuencia del ethos cultural.
El
ímpetu con que nos enfrentamos ante este destino ha visto su correlato, como
diría Hannah Arendt, en el trabajo (como “lo producido”) y en la acción (como acción
política de organizar la vida en común) que están encaminadas implícitamente al
reconocimiento y permanencia del hombre en el mundo.
Por
un lado, tenemos al trabajo como un
camino al que ha recurrido el hombre para ir más allá de sí. Para estos
efectos, lo definimos como “lo producido” por el hombre con un fin, ya sea
utilitario, o el que nos es pertinente, como un fin en sí mismo. Esta última definición de objeto producido como
fin en sí mismo hace exclusiva alusión al arte,
el cual es según Arendt, “lo más inútil [utilitariamente hablando] y lo más
duradero que el hombre puede producir”. Acá notamos que el arte tiene un
creador humano que pone algo de sí en
su obra, obra cuyo fin es permanecer a
través de las épocas. ¿No parece esto de alguna manera un medio que tiene el
hombre para superar el umbral de su muerte? El hombre crea, de este modo, para
dejar algo de sí en el mundo cuando su carne tierra sea: a través de la
creación artística el hombre deja en el mundo algo con lo que puede ser
recordado y de cierta manera, permanecer, pues se pone a sí mismo en el fruto de
su trabajo.
La
acción, según la definición de Arendt anteriormente dada, implica la actuación entre personas hacia un fin, el
cual es inseparable del logos, de la
palabra en el sentido dialéctico del término, ligados en la interacción entre
dos individuos que se reconocen como distintos. Es en esta interacción del uno
con el otro donde se encuentra la constitución de la identidad personal, una suerte de “te construyo y tú me
construyes”. Julián Marías llama a esto como la “configuración del mapa
personal” y Ricoeur lo reconoce como la “constitución del relato personal”, en
donde la persona a través de la interacción con el Otro en el logos, crea una apertura de su biografía
en donde el Otro escribe lo que soy, relación hasta simbiótica. Me presento
como un libro abierto en el que el Otro, con la pluma y la tinta de su propia
esencia, escribe lo que soy. Siguiendo la línea de Ricoeur podríamos afirmar que
“soy lo que tú dices de mí, porque en nuestro encuentro nos construimos el Uno
al Otro”. De esta manera, parece lógico el hecho de que la persona se dona al otro en una relación de reciprocidad, ¿y qué
es esto sino otra manera de permanecer en el mundo? Hay un algo que le dono a
esta persona, que le constituye y permanece
en él como parte de lo que es, algo
que inclusive puede superar a la propia muerte. Esto llevado a su máximo
extremo concluye en el amor donde el Uno se da al Otro, se construyen en el
alma de su amante y crear una unión que inclusive puede vivir aún cuando uno de
ellos haya partido.
Estas
formas de ir más allá del momento de gloria en el que me presento en desnudo
ante la muerte pareciesen ser eficientes en el aspecto de la condición humana,
en el que si bien comprendo mi muerte como algo insuperable, dejo mi esencia en lo que creo y en el ser de
otros. “Aún cuando ya haya partido,
recuérdame y estaré siempre contigo”, solía decir mi madre. No se ha
equivocado.
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LE FIN
LE FIN