lunes, 24 de septiembre de 2012

Sobre la muerte y la trascendencia

Hola,

Les traigo el texto  que resultó luego de una noche de pensamientos y reducción de ideas, y que a la vez es la continuación de otro texto que está más abajo. Fue asqueroso, me tuve que limitar a 5.500 caracteres para hablar sobre mi filosofía de la muerte y la trascendencia de la vida (¡eso es imposible!). Si hay ideas muy vagamente explicadas, ya saben la razón. Espero que lean y mueran en el intento.

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El miedo a la muerte permite preguntarnos por nuestro devenir, por lo incierto e insuperable de aquel estado de la existencia. Este devenir desconocido abre la pregunta por los intentos de librarnos de aquel yugo mortal: ¿cómo finalmente podremos salir de nuestra naturaleza y traspasar el momento último de vida? ¿Cómo es que podemos ir más allá de lo dictado por la condición humana?

El solo hecho de la muerte produce un calar en el alma, un vacío ante la no-existencia de la que somos parte en nuestra condición humana, sentimiento funesto que se hace patente en lo que Heidegger denomina la angustia. Dicha angustia viene dada por la sola constitución del Dasein, de existir en este mundo como presencia arrojada al mundo, al estar-en-el-mundo. En este sentido, Heidegger afirma que el ser “está-vuelto-hacia-la-muerte”, es decir, que “lo más propio, irrespectivo e insuperable del hombre es que va a morir”, pero no como un hecho inminente de un no-todavía que me va a suceder en el futuro, sino como algo a lo que estoy “dirigido” definitivamente, quiera o no aceptarlo, reflejado en la manera propia e impropia del Dasein en la cotidianeidad. El hombre reconoce a su misma naturaleza como un tender-hacia-el-fin de su propia existencia, una suerte de conciencia de su muerte.

Ahora bien, ¿no es esta conciencia de la muerte algo que produce un sentimiento de pesar sobre la existencia del hombre? ¿Cómo no sentir angustia frente a la posibilidad más fehaciente de no-ser-más? Es esta angustia planteada por Heidegger, lo que lleva a la persona a querer superar su finitud y trascender lo propio de la existencia humana. Pareciera que yace aquí el germen de todo actuar humano en pos de superar la barrera natural que le fue fijada en su principio de existencia. Junto, la constitución de la representación individual de la muerte acontece en el contacto con otros, y más aún “en el contacto que el ser tiene con la muerte del que no es él, sino como otro diferente a mí”, como diría Emmanuel Lévinas. En el contacto entre personas puede develarse un carácter cultural que condiciona mi representación de la muerte, y por tanto, la configuración de los medios de permanecer en este mundo como consecuencia del ethos cultural.

El ímpetu con que nos enfrentamos ante este destino ha visto su correlato, como diría Hannah Arendt, en el trabajo (como “lo producido”) y en la acción (como acción política de organizar la vida en común) que están encaminadas implícitamente al reconocimiento y permanencia del hombre en el mundo.

Por un lado, tenemos al trabajo como un camino al que ha recurrido el hombre para ir más allá de sí. Para estos efectos, lo definimos como “lo producido” por el hombre con un fin, ya sea utilitario, o el que nos es pertinente, como un fin en sí mismo. Esta última definición de objeto producido como fin en sí mismo hace exclusiva alusión al arte, el cual es según Arendt, “lo más inútil [utilitariamente hablando] y lo más duradero que el hombre puede producir”. Acá notamos que el arte tiene un creador humano que pone algo de sí en su obra,  obra cuyo fin es permanecer a través de las épocas. ¿No parece esto de alguna manera un medio que tiene el hombre para superar el umbral de su muerte? El hombre crea, de este modo, para dejar algo de sí en el mundo cuando su carne tierra sea: a través de la creación artística el hombre deja en el mundo algo con lo que puede ser recordado y de cierta manera, permanecer, pues se pone a sí mismo en el fruto de su trabajo.

La acción, según la definición de Arendt anteriormente dada, implica la actuación entre personas hacia un fin, el cual es inseparable del logos, de la palabra en el sentido dialéctico del término, ligados en la interacción entre dos individuos que se reconocen como distintos. Es en esta interacción del uno con el otro donde se encuentra la constitución de la identidad personal, una suerte de “te construyo y tú me construyes”. Julián Marías llama a esto como la “configuración del mapa personal” y Ricoeur lo reconoce como la “constitución del relato personal”, en donde la persona a través de la interacción con el Otro en el logos, crea una apertura de su biografía en donde el Otro escribe lo que soy, relación hasta simbiótica. Me presento como un libro abierto en el que el Otro, con la pluma y la tinta de su propia esencia, escribe lo que soy. Siguiendo la línea de Ricoeur podríamos afirmar que “soy lo que tú dices de mí, porque en nuestro encuentro nos construimos el Uno al Otro”. De esta manera, parece lógico el hecho de que la persona se dona al otro en una relación de reciprocidad, ¿y qué es esto sino otra manera de permanecer en el mundo? Hay un algo que le dono a esta persona, que le constituye y permanece en él como parte de lo que es, algo que inclusive puede superar a la propia muerte. Esto llevado a su máximo extremo concluye en el amor donde el Uno se da al Otro, se construyen en el alma de su amante y crear una unión que inclusive puede vivir aún cuando uno de ellos haya partido.

Estas formas de ir más allá del momento de gloria en el que me presento en desnudo ante la muerte pareciesen ser eficientes en el aspecto de la condición humana, en el que si bien comprendo mi muerte como algo insuperable, dejo mi esencia en lo que creo y en el ser de otros. “Aún cuando ya haya partido, recuérdame y estaré siempre contigo”, solía decir mi madre. No se ha equivocado.

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LE FIN

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