Hace no mucho rato
atrás, me encontraba leyendo una conferencia que hizo Hannah Arendt acerca de
los conceptos de Labor, Trabajo y Acción y su parte en la constitución de la
vida personal, social y, aún más, la condición humana. Por cierto, me gustan
las palabras francesas para designar a esa serie de procesos y características
de diversa índole que constituyen al ser humano en su integridad: condition humaine. Leía mientras mi
hermana cocinaba y mi abuela cortaba pastillas para formar su cóctel diario que
alarga su vida un poco más. A veces me pregunto para qué quiere vivir más, creo
que si le preguntara podría ser una fuente de sabiduría y abundancia enorme,
pero primero tendría que lograr que pudiera escuchar bien. Ese es otro milagro en
sí mismo, y además, ella no me dijo que las banderas flameaban por mí.
Destaqué esto del
texto: “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la
historia de su propia vida, nadie es su autor o productor. Y, sin embargo, es
precisamente en estas historias donde el significado real de una vida humana se
revela finalmente. El hecho de que
toda vida individual, entre el nacimiento y la muerte, pueda a la larga ser
relatada como una narración con comienzo y fin es la condición prepolítica y
prehistórica de la historia, la gran narración sin comienzo ni fin. […] La
historia real en que estamos comprometidos mientras vivimos no tiene ningún
autor visible o invisible, porque no está fabricada”.
Lo primero que me
llama la atención es la reivindicación del vínculo de la acción –entendida como
la orientada a organizar la vida en común, la política- y el lenguaje, la
palabra, la comunicación, el logos. Las relaciones humanas se dan en el campo
de la palabra, en donde nuestra acción –que tendría este carácter virtuoso-
tendería a revelar al ser. Quiero
poner énfasis en la palabra revelar,
porque indica que este ser, de alguna manera u otra, está dado en el mundo y tenemos que dirigirnos hacia develar a este ser,
al yo, al desocultar la esencia de
nuestro ser.
Creo que ahora
podemos ver más claramente el reto al que se enfrenta al hombre: el encontrar-se,
a preguntarse por el quién más que el
qué. Ahora es cuando surge una nueva
pregunta, “¿cómo?”. Acá yace la razón
de por qué empecé citando a la soberbia Arendt: el encuentro del ser tiene un
carácter dialéctico, el ser acontece en
el lenguaje. Ahora nos encontramos provistos de un arma poderosa que nos
abrirá camino a lo que nos concierne, el lenguaje, y por lo tanto, la pregunta,
es lo que parece que nos puede dar una respuesta al quién.
Al asegurar esto
tenemos que reconocer una implicancia
sine qua non lo anterior se invalida: el
diálogo se da entre personas. Si la existencia y el ser se encuentran
ligadas como por un delgado hilo invisible, pero que está destinado a
ser-en-uno, y si este ser-existente se encuentra arrojado a la existencia (como
lanzado al mundo) tal como Heidegger afirmaría, podemos decir que este ser se
precipita a un mundo que se encuentra dado, pero no en el sentido estricto de
la palabra, sino en construcción.
Hacemos una
distinción en lo que yo llamaría el mundo
natural que es el que se encuentra dado y con el cual el hombre se
encuentra en estrecha relación de violencia, y el mundo que surge de este
estado de interacción violenta, el cual designo como mundo humano, a falta de una palabra más precisa. La interacción entre
éste hombre y su entorno es justamente natural, y podríamos decir que es parte
de la condición humana. Podremos ver ejemplos en las casas que construimos, en
el río que está bajo la central hidroeléctrica, y más ampliamente, en el
ejercicio violento de la extracción del mundo natural que existe al sacar lo
material de la materia dada (por ejemplo, la materia como el árbol en sí y la
materia como la madera que es resultado del monopolio violento del hombre sobre
lo natural, el talar y procesar). Dentro de este mundo humano, que como dije
anteriormente, es resultado de la interacción entre lo natural y el hombre,
podemos encontrar toda construcción, ya sea física, metafísica, moral o social
hecha por éste individuo. Lo que curiosamente se niega rotundamente a
pertenecer a este mundo es el hombre mismo, que está dado en el mundo, que se arroja desde lo alto en su ser y
existencia, y cae al mundo, cae y es dasein, es ser-ahí.
Quizás a esta
altura la mayoría de los lectores estén confundidos respecto a lo que acabo de
decir y la relación que tiene esto con el problema que nos plantea la
construcción biográfica, y por tanto, el quién somos (toda historia debe tener
un principio, un fin y un protagonista), pero les prometo que pronto todo se
revelará como una teoría, si no interesante, al menos curiosa para algunos que
suscitará la pregunta –que es mi objetivo final-.
El ser-existencia,
que es parte del mundo natural, se encuentra entonces arrojado al mundo en el
que empieza a construir en base a su relación con este mundo al que fue
arrojado, empieza a crear y dar lugar a cosas que necesita. Esto en un
escenario de hombre único, pero podemos complejizar el escenario actual y
hacerlo, de cierta manera, más acorde a nuestro propósito. El hombre-arrojado
no llega a un mundo en el que deba construir todo, algunas cosas que no
pertenecen a este mundo natural ya están dadas, en otras palabras, el hombre llega a habitar un mundo que ya
está habitado por otros hombres, que han construido el mundo humano.
El hombre no se
encuentra solo en este ambiente, se encuentra rodeado de otros seres con los
que está en constante contacto y con los mismos seres que han llegado antes que
él y han contribuido, a través de la labor y el trabajo, a crear las cosas que
ya existen, que están dadas de otra forma a las que está dada la forma de la
Tierra. Entre estas cosas dadas pero no naturales podemos nombrar a algo que
quizás ya le resulte familiar al lector si ha leído los párrafos anteriores: el
lenguaje. El hombre llega a habitar el
lenguaje, y es el lenguaje el que
permite preguntarse “quién”.
Los hombres se
relacionan en el lenguaje, y es en este contexto de relación con otros hombres
el que se hace la pregunta por el “quién”. En palabras de Arendt, “(…) el acto
primordial y específicamente humano debe siempre contener, al mismo tiempo, la
respuesta a la pregunta planteada a todo recién llegado: ¿Quién eres tú?”. Para
nuestros efectos, entendemos que dicha pregunta del quién soy, y por consiguiente, la pregunta por el ser, tiene lugar
en el reconocimiento de otros, en el contexto en que me relaciono con otras
personas en las que, a su vez, reconozco como un ser, un otro.
Lo que acabamos de
exponer tiene una importancia primordial en el día de hoy. Lo expuesto por
Arendt puede ser una suerte de nueva esperanza en la época de la píldora y la máquina,
en donde esta última ha alcanzado tan alto nivel de desarrollo que la pregunta
si la máquina debe adaptarse al hombre o si el hombre debe adaptarse a la
máquina que ha creado, ha suscitado una polémica trascendental (en especial en
el segundo caso, que sería totalmente destructivo para la humanidad). La
máquina moderna y el avance de la tecnología ha supuesto, entonces, un olvido
cuasi-total de la pregunta por el ser del hombre, es decir, que el hombre ha
perdido, en un contexto de una sociedad sistematizada, burocrática,
estructural, racional y de la opulencia, la capacidad de preguntarse por sí
mismo. Ya no importa quién soy, lo que importa es que tengo mi televisor (y eso
me hace feliz). El ser en este mundo se haya perdido, y la respuesta de Arendt
de dirigirse a sí mismo a través del contacto fraterno entre otros, puede
volver a revelar al ser, sacarlo de su escondite y hacer que éste pueda volver
a preguntarse “quién soy”. La nueva esperanza del ser yace en el reconocimiento
del otro como una persona.
La “nueva
esperanza” brinda la posibilidad de que nuestra historia personal, nuestra
biografía, se actualice y complete su máxima potencialidad. Ya no es una
historia con comienzo y un final, ya no es una historia de la nada que comienza
en espacio y tiempo y finaliza en estas dos dimensiones; surge el ser
impregnado del privilegio que toma parte y hace propia su historia, la misma
historia que le pertenecía y ha creado, se convierte en su protagonista y tiene
cabida en este contexto. El hombre tiene su historia [story] que es parte de la
historia [history], historia que recoge los relatos personales y se convierte
en un gran libro sin comienzo, fin ni autor, porque la historia es todos, es
nuestra narración, es la historia de
nuestras relaciones superiores con valor en sí misma, en acción. El hombre puede narrar quién es, y esta narración
es parte de la Historia, de la gran narración sin comienzo ni fin.
A
pesar de que mi abuela seguía picando pastillas en mi mente y mi hermana se
quejaba porque sus cupcakes Dukan no habían tomado la forma que ella quería, yo
seguía pensando en la maravillosa noticia que acababa de recibir. A veces me
gustaría ser periodista, quizás así pudiese decirles que aún tienen oportunidad
de encontrar quienes son, pero eso sería tremendamente egoísta: no a muchas
personas le interesa saber quiénes son, o simplemente, ya creyeron encontrar
una respuesta satisfactoria y no les queda inquietud. Quizás aquellas personas
ya están más adelantadas que yo, o quizás están imbuidas en distracciones que
las sacan de uno. Yo no sé, nunca sabré, nunca podré saber nada de lo que ellas
sienten ni solidarizar verdaderamente con ellas, pero ese es un tema de lo que
hablaré en otra ocasión. A veces pensar duele, y conlleva tanta satisfacción
como tanto dolor, pero al final creo que esto es un deleite para el alma de
algunos, la mía por ejemplo. Es un precio justo.
Fue
una buena noche. Más aún porque mi celular no paraba de sonar con una bella
melodía de una canción noble que era sentimiento. Era sentimiento que se
transmitía por internet, qué crudo. Era feliz, y eso era cierto. El jueves lo
sería más.
Y el jueves fue felicidad :)
ResponderEliminar