martes, 18 de septiembre de 2012

Andante


Hace no mucho rato atrás, me encontraba leyendo una conferencia que hizo Hannah Arendt acerca de los conceptos de Labor, Trabajo y Acción y su parte en la constitución de la vida personal, social y, aún más, la condición humana. Por cierto, me gustan las palabras francesas para designar a esa serie de procesos y características de diversa índole que constituyen al ser humano en su integridad: condition humaine. Leía mientras mi hermana cocinaba y mi abuela cortaba pastillas para formar su cóctel diario que alarga su vida un poco más. A veces me pregunto para qué quiere vivir más, creo que si le preguntara podría ser una fuente de sabiduría y abundancia enorme, pero primero tendría que lograr que pudiera escuchar bien. Ese es otro milagro en sí mismo, y además, ella no me dijo que las banderas flameaban por mí.

Destaqué esto del texto: “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o productor. Y, sin embargo, es precisamente en estas historias donde el significado real de una vida humana se revela finalmente. El hecho de que toda vida individual, entre el nacimiento y la muerte, pueda a la larga ser relatada como una narración con comienzo y fin es la condición prepolítica y prehistórica de la historia, la gran narración sin comienzo ni fin. […] La historia real en que estamos comprometidos mientras vivimos no tiene ningún autor visible o invisible, porque no está fabricada”.

Lo primero que me llama la atención es la reivindicación del vínculo de la acción –entendida como la orientada a organizar la vida en común, la política- y el lenguaje, la palabra, la comunicación, el logos. Las relaciones humanas se dan en el campo de la palabra, en donde nuestra acción –que tendría este carácter virtuoso- tendería a revelar al ser. Quiero poner énfasis en la palabra revelar, porque indica que este ser, de alguna manera u otra, está dado en el mundo y tenemos que dirigirnos hacia develar a este ser, al yo, al desocultar la esencia de nuestro ser.

Creo que ahora podemos ver más claramente el reto al que se enfrenta al hombre: el encontrar-se, a preguntarse por el quién más que el qué. Ahora es cuando surge una nueva pregunta, “¿cómo?”. Acá yace la razón de por qué empecé citando a la soberbia Arendt: el encuentro del ser tiene un carácter dialéctico, el ser acontece en el lenguaje. Ahora nos encontramos provistos de un arma poderosa que nos abrirá camino a lo que nos concierne, el lenguaje, y por lo tanto, la pregunta, es lo que parece que nos puede dar una respuesta al quién.

Al asegurar esto tenemos que reconocer una implicancia sine qua non lo anterior se invalida: el diálogo se da entre personas. Si la existencia y el ser se encuentran ligadas como por un delgado hilo invisible, pero que está destinado a ser-en-uno, y si este ser-existente se encuentra arrojado a la existencia (como lanzado al mundo) tal como Heidegger afirmaría, podemos decir que este ser se precipita a un mundo que se encuentra dado, pero no en el sentido estricto de la palabra, sino en construcción.

Hacemos una distinción en lo que yo llamaría el mundo natural que es el que se encuentra dado y con el cual el hombre se encuentra en estrecha relación de violencia, y el mundo que surge de este estado de interacción violenta, el cual designo como mundo humano, a falta de una palabra más precisa. La interacción entre éste hombre y su entorno es justamente natural, y podríamos decir que es parte de la condición humana. Podremos ver ejemplos en las casas que construimos, en el río que está bajo la central hidroeléctrica, y más ampliamente, en el ejercicio violento de la extracción del mundo natural que existe al sacar lo material de la materia dada (por ejemplo, la materia como el árbol en sí y la materia como la madera que es resultado del monopolio violento del hombre sobre lo natural, el talar y procesar). Dentro de este mundo humano, que como dije anteriormente, es resultado de la interacción entre lo natural y el hombre, podemos encontrar toda construcción, ya sea física, metafísica, moral o social hecha por éste individuo. Lo que curiosamente se niega rotundamente a pertenecer a este mundo es el hombre mismo, que está dado en el mundo, que se arroja desde lo alto en su ser y existencia, y cae al mundo, cae y es dasein, es ser-ahí.

Quizás a esta altura la mayoría de los lectores estén confundidos respecto a lo que acabo de decir y la relación que tiene esto con el problema que nos plantea la construcción biográfica, y por tanto, el quién somos (toda historia debe tener un principio, un fin y un protagonista), pero les prometo que pronto todo se revelará como una teoría, si no interesante, al menos curiosa para algunos que suscitará la pregunta –que es mi objetivo final-.

El ser-existencia, que es parte del mundo natural, se encuentra entonces arrojado al mundo en el que empieza a construir en base a su relación con este mundo al que fue arrojado, empieza a crear y dar lugar a cosas que necesita. Esto en un escenario de hombre único, pero podemos complejizar el escenario actual y hacerlo, de cierta manera, más acorde a nuestro propósito. El hombre-arrojado no llega a un mundo en el que deba construir todo, algunas cosas que no pertenecen a este mundo natural ya están dadas, en otras palabras, el hombre llega a habitar un mundo que ya está habitado por otros hombres, que han construido el mundo humano.

El hombre no se encuentra solo en este ambiente, se encuentra rodeado de otros seres con los que está en constante contacto y con los mismos seres que han llegado antes que él y han contribuido, a través de la labor y el trabajo, a crear las cosas que ya existen, que están dadas de otra forma a las que está dada la forma de la Tierra. Entre estas cosas dadas pero no naturales podemos nombrar a algo que quizás ya le resulte familiar al lector si ha leído los párrafos anteriores: el lenguaje. El hombre llega a habitar el lenguaje, y es el lenguaje el que permite preguntarse “quién”.

Los hombres se relacionan en el lenguaje, y es en este contexto de relación con otros hombres el que se hace la pregunta por el “quién”. En palabras de Arendt, “(…) el acto primordial y específicamente humano debe siempre contener, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta planteada a todo recién llegado: ¿Quién eres tú?”. Para nuestros efectos, entendemos que dicha pregunta del quién soy, y por consiguiente, la pregunta por el ser, tiene lugar en el reconocimiento de otros, en el contexto en que me relaciono con otras personas en las que, a su vez, reconozco como un ser, un otro.

Lo que acabamos de exponer tiene una importancia primordial en el día de hoy. Lo expuesto por Arendt puede ser una suerte de nueva esperanza en la época de la píldora y la máquina, en donde esta última ha alcanzado tan alto nivel de desarrollo que la pregunta si la máquina debe adaptarse al hombre o si el hombre debe adaptarse a la máquina que ha creado, ha suscitado una polémica trascendental (en especial en el segundo caso, que sería totalmente destructivo para la humanidad). La máquina moderna y el avance de la tecnología ha supuesto, entonces, un olvido cuasi-total de la pregunta por el ser del hombre, es decir, que el hombre ha perdido, en un contexto de una sociedad sistematizada, burocrática, estructural, racional y de la opulencia, la capacidad de preguntarse por sí mismo. Ya no importa quién soy, lo que importa es que tengo mi televisor (y eso me hace feliz). El ser en este mundo se haya perdido, y la respuesta de Arendt de dirigirse a sí mismo a través del contacto fraterno entre otros, puede volver a revelar al ser, sacarlo de su escondite y hacer que éste pueda volver a preguntarse “quién soy”. La nueva esperanza del ser yace en el reconocimiento del otro como una persona.

La “nueva esperanza” brinda la posibilidad de que nuestra historia personal, nuestra biografía, se actualice y complete su máxima potencialidad. Ya no es una historia con comienzo y un final, ya no es una historia de la nada que comienza en espacio y tiempo y finaliza en estas dos dimensiones; surge el ser impregnado del privilegio que toma parte y hace propia su historia, la misma historia que le pertenecía y ha creado, se convierte en su protagonista y tiene cabida en este contexto. El hombre tiene su historia [story] que es parte de la historia [history], historia que recoge los relatos personales y se convierte en un gran libro sin comienzo, fin ni autor, porque la historia es todos, es nuestra narración, es la historia de nuestras relaciones superiores con valor en sí misma, en acción. El hombre puede narrar quién es, y esta narración es parte de la Historia, de la gran narración sin comienzo ni fin.

A pesar de que mi abuela seguía picando pastillas en mi mente y mi hermana se quejaba porque sus cupcakes Dukan no habían tomado la forma que ella quería, yo seguía pensando en la maravillosa noticia que acababa de recibir. A veces me gustaría ser periodista, quizás así pudiese decirles que aún tienen oportunidad de encontrar quienes son, pero eso sería tremendamente egoísta: no a muchas personas le interesa saber quiénes son, o simplemente, ya creyeron encontrar una respuesta satisfactoria y no les queda inquietud. Quizás aquellas personas ya están más adelantadas que yo, o quizás están imbuidas en distracciones que las sacan de uno. Yo no sé, nunca sabré, nunca podré saber nada de lo que ellas sienten ni solidarizar verdaderamente con ellas, pero ese es un tema de lo que hablaré en otra ocasión. A veces pensar duele, y conlleva tanta satisfacción como tanto dolor, pero al final creo que esto es un deleite para el alma de algunos, la mía por ejemplo. Es un precio justo.

Fue una buena noche. Más aún porque mi celular no paraba de sonar con una bella melodía de una canción noble que era sentimiento. Era sentimiento que se transmitía por internet, qué crudo. Era feliz, y eso era cierto. El jueves lo sería más.

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